El caminar de un guerrero entre nuestros bosques

El caminar de un guerrero entre nuestros bosques

Se llama Fitóftora, y se cree que fue en el siglo XVIII, con el pujante intercambio comercial entre el Viejo Continente y Oriente, cuando llegó a tierras mediterráneas. Embarcada en alta mar, huésped en árboles decaídos, fue introducida por el ser humano en un ecosistema ajeno. Como casi siempre, la nula precaución que nuestra especie pone en su intervención sobre el entorno favoreció su hasta ahora imparable y destructora conquista. Actualmente, está presente en más de 70 países y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la incluye entre las 100 especies exóticas invasoras más dañinas del mundo. Aquí en nuestra tierra, es responsable de la “prodredumbre radical”, enfermedad  más conocida como “La Seca”.

El patógeno Phytophthora cinnamomi es un “hongo” microscópico (del grupo Oomicetes) capaz de afectar a más de un millar de especies arbóreas en todo el mundo, aunque en Sierra Morena lo veremos atacar principalmente a encinas y alcornoques. No en vano la palabra griega Phytophthora significa “destructor de plantas”, y en nuestro entorno cercano no será difícil encontrar señales, a veces equívocas, de su agresividad.

Identificada por primera vez en la isla de Sumatra en 1922, la cita más antigua de  su presencia en la Península data de 1940. Su continúa expansión amenaza con afectar de forma irreparable al monte mediterráneo y con él, a gran parte del sistema humano que lleva asociado: el paisaje de dehesa y la biodiversidad que alberga, la economía (corcho, ganadería, cerdo ibérico, turismo rural, economía de subsistencia…) y parámetros poco cuantificables como la vinculación emocional a un territorio y nuestro sentimiento de pertenencia a él. Pese a ello, no fue hasta los años 90 que se asoció de manera clara la acción del patógeno Phytophthora cinnamomi con la prodredumbre radical. Esto se debe a que su sintomatología generalista hace complicado el diagnóstico, pues a simple vista y sin un estudio específico en laboratorio, los árboles podrían parecer afectados por una simple sequía. Además, los resultados de las investigaciones que se realizan al respecto suelen quedar relegados a círculos científicos y administraciones, y la escasa divulgación que se hace de los mismos entre propietarios y/o gestores de fincas no ayuda a su identificación y prevención.

La Fitóftora se desarrolla y propaga en suelos con abundante presencia de agua y temperaturas superiores a los 5ºC. También en este caso, el calentamiento global puede estar permitiendo su expansión hacia territorios a priori no viables para su desarrollo. Su acción, iniciada siempre en las raíces, hace que cuando la sintomatología se hace evidente ya sea tarde para el árbol y que incluso individuos aparentemente sanos estén siendo atacados bajo tierra, lo que hace aún más difícil tanto su detección como posterior aislamiento. El “hongo” ataca las raíces absorbentes de agua y nutrientes, provocando que se marchiten las hojas, la muerte de brotes nuevos y la defoliación. Finalmente y con remedios poco eficientes hasta ahora, el árbol se secará repentinamente (muerte súbita) o irá perdiendo poco a poco la densidad del foliaje hasta que se seque (muerte lenta).

No deja de ser una paradoja, que precisamente los seres vivos que vivimos en y de la dehesa y el bosque mediterráneo, tengamos en nuestros pies el mejor de los vehículos para la propagación de semejante guerrero microscópico. Habrá entonces que dejar de caminar si acaso un segundo, para preguntarnos a dónde vamos y cómo queremos llegar.

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Prevención contra la Fitóftora:

Una vez superados los primeros inconvenientes para la identificación del patógeno y asumiendo que los métodos de control (como el ácido fosforoso) son por ahora poco efectivos, parece inteligente centrarse en su prevención. Esta se basa en la delimitación de los focos y su “aislamiento”, impidiendo en él todo tipo de usos que impliquen movimientos de tierras y/o tránsito de seres vivos. Por ello se recomiendo cercar el foco y evitar el paso de animales, vehículos o personas por él, así como el laboreo.

“Artículo escrito originalmente para la Revista Cultural La Hamaka, de Higuera de la Sierra”

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